Especialmente ideada para recreadores de los años 30s
Basado en el seminario impartido por David González Palomares de Frente de Nalón al grupo de rereación primera linea
Introducción: por qué la ropa «normal» también era elegante
Antes de entrar en materia de prendas concretas, conviene asentar una idea importante: en los años 30 la gente corriente vestía con elegancia, no por lujo, sino porque los cánones sociales de la época eran mucho más rígidos que los actuales. Salirse de la norma —una camiseta de tirantes, una prenda «moderna»— llamaba muchísimo la atención, al contrario que hoy.
Otro matiz fundamental para cualquier recreador: la gente tenía muy poca ropa. Según documentación familiar y testamentaria de la época, una mujer podía tener unos tres vestidos y un hombre dos trajes con un par de camisas. Esa escasez implicaba un desgaste constante y una reutilización continua de las prendas, que se iban retocando o rehaciendo con el paso de los años.
España no iba a la última moda como Estados Unidos, pero tampoco estaba aislada: las revistas ilustradas y de moda de finales de los años 20 tuvieron un papel enorme difundiendo tendencias, y el cine ejercía una influencia directa («quiero ese vestido que lleva la actriz»). Esta moda no era solo cosa de jóvenes: alguien de 40 o 50 años vestía perfectamente a la moda de su año.
Por último, una clave visual que conviene tener siempre en la cabeza: la silueta. La mujer busca una figura estilizada, casi una «i» latina. El hombre, en cambio, persigue la forma de una «Y»: estrecho de cintura para abajo y ensanchado hacia los hombros. Esta idea condiciona casi todas las prendas de la parte superior del cuerpo masculino que vamos a repasar.

1. Pantalones
Junto con las camisas, los pantalones son de las prendas que más «hacen época» a un recreador: una buena silueta de pantalón se reconoce de lejos, incluso antes de fijarte en el resto del conjunto. Hay tres aspectos a vigilar:
La pernera recta
A finales de los años 20 y durante toda la década de los 30 se impone la pernera completamente recta: el mismo ancho a la altura del muslo que a la altura del gemelo. Nada de entallados tipo pitillo (aunque sea un pitillo «suave» como los actuales de corte estrecho): eso delata inmediatamente a alguien fuera de época, incluso de lejos.
El tiro alto
El pantalón debe llegar a la cintura real, es decir, a la altura del ombligo, no a la cadera. La moda ha ido bajando esa altura con las décadas hasta los extremos que todos recordamos de principios de los 2000. Este detalle también explica la altura a la que se llevan los correajes militares: coinciden con la cintura, marcada por las trabillas traseras de la guerrera.
Un error muy habitual en recreación: llevar el pantalón (o el correaje) por debajo de la tripa «porque es más cómodo». En la época se hacía justo lo contrario: el pantalón se cortaba para pasar por encima de la barriga y mantener esa altura, por muy poco favorecedor que nos parezca hoy.
El dobladillo italiano
El doblez hacia fuera en los bajos del pantalón es muy habitual —podríamos decir que hasta en un 80% de los casos— pero no es obligatorio: los pantalones reglamentarios de uniforme, por ejemplo, no suelen llevarlo.
Como apunte de material: toda la ropa civil de la época se confecciona en fibras naturales —algodón, lana, lino, sarga—, nunca en sintéticos.

Truco de recreador con presupuesto ajustado: buscar en tiendas de segunda mano/vintage pantalones de pinzas de una talla varias tallas por encima de la tuya (por ejemplo, una XL si usas M) y ajustarlos a la cintura con sastre. No será perfecto, pero se acerca mucho más que un pantalón moderno de tu talla.
2. Camisas y polos

La camisa sin cuello
Es la prenda «comodín» de cualquier recreador que quiera representar clases populares: barata (5-10 € en algodón o lino) y fácil de encontrar. Antes de los años 20, los cuellos rígidos almidonados se añadían por separado a la camisa mediante un botón, a modo de trabilla; las clases bajas, que no usaban esos cuellos añadidos, llevaban directamente la camisa sin cuello. Un detalle clave para identificarlas: la abertura de botones no llega hasta abajo.
Opción económica y fácil de encontrar: la camisa de cuello redondo
Herencia de aquellas camisas con cuello postizo de principios de siglo, pero ya con el cuello integrado en la misma tela. En los años 30 es una moda ya pasada de moda, propia de hombres de 50 años en adelante. Alguien más joven que la llevara resultaría muy extravagante para la época.
La reina de la década: la camisa spear point
Si hay una prenda que define visualmente los años 30 es la camisa de cuello de punta de lanza (spear point), que se impone a finales de los años 20 y domina por completo la década. Tres rasgos son innegociables para no confundirla con una camisa de los años 70 (que recupera un cuello puntiagudo similar, pero recto):
- Ángulo cerrado: la apertura entre las dos puntas del cuello es reducida, casi en paralelo. Esto responde a la moda de la corbata con nudo simple, muy fino, pensado para encajar justo entre los dos picos del cuello (el nudo Windsor ni existía todavía).
- Curvatura: las puntas del cuello no son rectas, tienen una curva característica. Esta es la gran diferencia con el cuello puntiagudo de los 70, que es recto.
- Flacidez: el cuello no lleva entretela rígida, solo una muy fina, por lo que cae y se arruga con naturalidad —de ahí que en tantas fotos de la época se vean los cuellos torcidos, cada punta mirando hacia un lado.
Rara vez llevan bolsillo en el pecho (algo que sí es habitual en camisas militares, de uniforme o deportivas, pero no en camisas de vestir).
En cuanto a colores y estampados: blanco liso (la más universal), rayas finas de distintas tonalidades, y colores lisos como el azul claro o el crema. Hay que evitar los cuadros: en España no hay constancia fotográfica de camisas de cuadros en los años 30; esa moda llegará a finales de los 40 y principios de los 50.

El polo
Prenda muy infravalorada en recreación, pero de uso extendido, especialmente en un contexto de verano (por ejemplo, verano del 36). No forma parte del canon más formal (camisa, corbata y traje), pero sí de la moda «sport» más cómoda, cada vez más presente. Colores lisos —azul claro, blanco, azul oscuro, rojo— y muy pocas rayas. También existen polos de punto (tricot), de aire más playero. Tanto en polos como en otras prendas puede aparecer la cremallera, que sí existía en la época y es más habitual de lo que solemos asumir en recreación (otra cosa es encontrar piezas de calidad a buen precio).
3. Trajes y americanas
Aquí está el núcleo de la vestimenta masculina de la época: el traje es LA prenda, no una opción entre varias. Se lleva a diario, incluso para trabajar (con una chaqueta más gastada reservada para el trabajo y otra mejor para pasear o los domingos).
Botonadura y escote
Durante los años 20 predominan las americanas de tres botones; a finales de esa década y durante los 30 se popularizan las de dos botones. Muy relacionado con esto está la altura del escote: mientras que hoy una chaqueta puede abrir hasta la parte alta del estómago (o incluso más abajo, como en los 80-90), en los años 30 la abertura llega, como mucho, hasta la parte baja del pecho. Nunca más abajo.
Solapas anchas
Las solapas son muy anchas, casi llegando al hombro en algunos casos. El modelo más habitual en España (el que lleva prácticamente el 90% de la población) presenta una V abierta, con la parte inferior caída, frente a modelos menos comunes de V más cerrada y punta hacia arriba (más de estilo sport). La mayoría de los cuellos de solapa presentan una ligera curvatura.

La espalda
Lo más habitual —en torno al 80% de los casos— es que no lleve ninguna abertura trasera. Puede haber un 20% con una única abertura central, pero hay que evitar siempre las dos aberturas, que son una moda británica posterior (de los 40 en adelante, vinculada a montar a caballo). Un detalle «pijo» que aparece en algunos trajes de la época es una tira horizontal en la espalda que busca reforzar esa silueta en «Y»; es raro encontrarla en piezas de segunda mano originales.
Americanas cruzadas
Uno de los elementos más icónicos de la década, y también más accesibles en el mercado vintage, porque su moda se prolongó más en el tiempo. Casi siempre llevan seis botones, abotonando en el segundo (lo que en sastrería se denomina «2×6»): nunca se abotonan abajo (eso es una moda de los 80-90 que hay que evitar). Los dos botones superiores suelen ser puramente decorativos y ligeramente descentrados hacia fuera, buscando ese efecto de ensanchamiento hacia los hombros. También existen variantes «3×6», más propias de los años 20.

Chalecos y el traje de tres piezas
La mayoría de los trajes son de tres piezas, desde clases trabajadoras acomodadas (tipógrafos, empleados de cuello blanco) hasta clases medias asentadas. Las clases más bajas suelen limitarse a las dos piezas (pantalón y chaqueta). El chaleco casi siempre es de la misma tela que el traje; combinar colores distintos ya delata un nivel social más alto. Suele llevar seis botones y, a diferencia de la chaqueta (más holgada), va bien ajustado al cuerpo gracias a una trabilla trasera.
Regla de oro: nunca se sale a la calle solo con el chaleco. El chaleco es una prenda «de segunda clase» que se combina con el traje; si hace calor, uno se queda en chaleco porque lleva la chaqueta consigo (colgada, en la mano), no porque haya salido de casa así.
Chaquetillas cortas
Entran hacia mediados de los años 30 dentro de una moda más deportiva e informal —la famosa «chaquetilla de ciclista», que después tendrá muchísimo uso en la Guerra Civil—. No sustituye al traje ni se generaliza entre la población; es más bien una prenda joven y algo rompedora para los cánones de la época. Se encuentran tanto con cremallera como con botones, y siempre ajustan en la cintura (con una banda elástica o un cinturoncillo incorporado).

4. Ropa de punto
El jersey no es una prenda de primer orden: no era habitual ir por la calle en jersey sin más, porque el canon exige el traje. De hecho existe una anécdota real de los años 50 en la que un alumno que fue a clase en jersey en lugar de traje recibió una reprimenda por parte del profesor —y eso ya en los 50, así que imaginemos en los 30.
Aun así, el jersey tiene su lugar como prenda combinada: bajo la chaqueta, en contextos de ocio, en casa o en ámbitos deportivos. Características a tener en cuenta:
- Lana natural, nunca acrílicos brillantes.
- Corte ajustado al cuerpo, no holgado como buena parte de la oferta actual «de época» que se vende para recreación.
- Buscan también la silueta en «Y»: la cintura va muy ceñida, casi elástica, para que la prenda se pueda ahuecar por encima (igual que se hace con las chaquetillas militares).
- Existen jerséis de cuello cruzado, de cuello alto (algo más holgado al cuello que los actuales) y con cremallera o botones en el cuello, muy útiles para ambientar contextos bélicos.
También hay cardigans (más de clase alta), con el pecho bastante abierto y solapa vuelta, y chalecos de punto, monocolores o estampados, con cuello en punta o redondo pero siempre bastante alto —de nuevo, para que encaje bien con el cuello de la camisa y la corbata— y ajustados en la cadera.
5. Prendas de cabeza
En el mundo civil de los años 30, alrededor del 80% de los hombres llevaba algún tipo de prenda de cabeza —al contrario que las mujeres, para las que lo más habitual era ir sin cubrir la cabeza (con un moño bajo, por ejemplo) o, en clases populares, con un pañuelo. La boina en mujeres, si aparece, corresponde a un contexto muy concreto y de clase media-alta; una boina negra «de paisano» en una mujer es un error a evitar.

La boina
Es la prenda de cabeza más fácil y asequible de conseguir (en torno a 10-20 €). En Asturias, por ejemplo, conviven boinas grandes (siguiendo la estética de la chapela vasca) con boinas muy pequeñas, casi sin vuelo, propias de un uso más «elegante» o urbano.
Boina vs. gorra
Distinción fundamental que mucha gente confunde: la gorra lleva visera delante; la boina no. La gorra de gajos (tipo «chulapo madrileño», plana) es poco habitual en España, con escasas fotografías que la documenten. Lo más común es una gorra ancha, que cae hacia los laterales, bastante alta («picuda») por detrás, con visera recta de fábrica (aunque el uso y el guardarla en el bolsillo la curva con el tiempo, dándole ese aspecto de «tejado a dos aguas»).
Hay que evitar:
- Las gorras de gajos estilo Peaky Blinders, que se popularizaron tras el estreno de la serie: no tienen el mismo vuelo ni volumen que las originales.
- Las gorras «de abuelo de parque», más estrechas y pequeñas.
- La gorra de pico de pato, con visera incorporada: un anacronismo total, ni siquiera válida para ambientar los años 80.
El sombrero Fedora
Prenda de clases medias y urbanas por excelencia. Sus características diferenciales frente a fedoras posteriores:
- Copa muy alta: entre 14 y 15 cm, frente a copas mucho más bajas en décadas posteriores.
- Copa totalmente recta (esta rectitud se va perdiendo progresivamente en los años 40 y, sobre todo, en los 50).
- Cinta muy ancha, ocupando al menos un tercio de la altura de la copa, a veces incluso más.
El sombrero Hamburgo
Asociado a clases altas o media-alta, y a gente de cierta edad. Se diferencia del fedora en que el ala se curva hacia arriba (como si fuera un bombín al que se le hubiera dado un golpe en la copa). Comparte con el fedora la copa alta y recta y la cinta ancha propias de los 30.
El canotier
Prenda casi anecdótica en recreación de guerra civil, más propia de ambientes burgueses de ocio y veraneo. Un dato útil si alguna vez se quiere usar: los canotiers originales de los años 30 son rígidos y gruesos (no se doblan al sujetarlos por el ala), mientras que la mayoría de los que se venden hoy son mucho más flácidos y con la cinta más baja de lo que correspondería.

6. Prendas de abrigo
Hay que distinguir el abrigo (cubre hasta las piernas) del chaquetón (llega aproximadamente a la cintura). El cuero debe evitarse por completo en un contexto civil de preguerra: era un material caro reservado a usos muy específicos (motoristas, ciclistas, aviadores), no una prenda de calle habitual. En un contexto de guerra, en cambio, las normas cambian y se adapta lo que hay disponible.

Abrigos cruzados y rectos
El elemento clave, tanto en abrigos como en gabardinas, es el largo: debe llegar como mínimo por debajo de la rodilla, idealmente hasta la pantorrilla. Con el paso de las décadas esta prenda se va acortando (más en los 40, mucho más en los 50), así que muchos abrigos de segunda mano que llegan a medio muslo simplemente no sirven.
En cuanto a la abotonadura de los cruzados: 2×6 (abotona en el segundo botón, siguiendo la misma lógica de «Y» que las americanas) es lo más común, aunque también aparece el «3×6», heredado de los años 20. Nunca un «1×6». Solapas muy anchas, con tendencia a una V cerrada. Colores típicos: marrones, grises, negros, azul marino.
Gabardinas
Muy útiles porque el paraguas, aunque existía, no era una prenda tan extendida como hoy. Frente al modelo cruzado que asociamos a Humphrey Bogart en Casablanca (que también existía), lo más habitual documentado en fotografías de Asturias es un modelo recto, con cuellos de una sola solapa (cerrado hasta arriba) o abiertos, poco pronunciados. Mismo criterio de largo que los abrigos: por debajo de la rodilla.

Detalle curioso: en algunas fotografías de la época (sobre todo en contexto de guerra) aparece la banda de luto, una tira de tela negra en el brazo que se llevaba tras el periodo de duelo (después de la fase inicial del brazalete). Es un detalle pequeño pero evocador que se puede incorporar puntualmente en una recreación, sin abusar de él.
7. Calzado
Tres grandes familias: zapatos, alpargatas y botas.
Zapatos
El zapato de cuero marrón o negro es transversal a todas las clases sociales para ir «de elegante». Existen dos modelos principales:
- Oxford: la pieza de cuero donde van los cordones queda cerrada, montada por encima del resto.
- Derby: esa misma pieza va por debajo. Según indica el ponente (información que él mismo señala como en fase de comprobación), el Derby seria en esta época más escaso, generalizándose más en los años 40 y sobre todo en los 50.
También son muy propios de la época los zapatos bicolores (blanco crema combinado con marrón whisky o negro) y las perforaciones decorativas en el cuero (broguing), sobre todo entre clases medias y medias-altas. A la hora de buscar unos zapatos de época: puntera redondeada (nunca extremadamente puntiaguda, moda de los años 90-2000), suela de cuero lisa (nunca de goma ni con dibujos) y cuero mate, no muy brillante. Los mocasines y los zapatos tipo «castellano» prácticamente no existían.
Alpargatas
Muy variables según la zona geográfica: en Asturias, por ejemplo, dominan las alpargatas cerradas (a diferencia de las abiertas por los laterales típicas de Levante), por razones climáticas —terreno más húmedo—. También varía el color: mientras en Levante o Aragón son habituales las blancas, en zonas del norte (Asturias, País Vasco) predominan las negras o azules, precisamente para no delatar la humedad y el verdín. Un dato interesante: ya existían alpargatas con suela de caucho, no solo de esparto, documentadas en hallazgos de exhumaciones.
Botas y botines
Perfectamente combinables con un traje, especialmente si se limpian y engrasan (dejando atrás el aspecto «de barro» típico de las botas militares de recreación). Aparecen tanto en contextos de trabajo (pescadores, por ejemplo) como en un uso elegante entre clases altas. Los botines Chelsea, con el característico elástico lateral, también existían y eran habituales entre clases más acomodadas —de hecho, parecen corresponder al calzado reglamentario para combinar con polainas en Guardia Civil y Guardia de Asalto—. Tanto zapatos como botas pueden llevar la puntera partida, un detalle puramente estético.

8. Complementos
Cinturones
Deben ser de cuero auténtico, finos (más o menos del grosor de un dedo), no anchos como los correajes militares: el cuero era caro y la moda pedía piezas finas. Un truco para identificar un cinturón moderno «falso cuero»: si tiene costura visible en los laterales, probablemente no es cuero macizo.
Tirantes
Siempre con botones, nunca con las pinzas metálicas modernas. La tela, elástica, es bastante ancha (dos o tres dedos), lisa o de rayas. Regla básica: nunca combinar cinturón y tirantes a la vez.
Corbatas
Gran variedad de estampados —rayas, lunares, colores— en sedas y franelas, más o menas mateadas. La gran diferencia con una corbata actual: carecen de la entretela rígida moderna, por lo que son mucho más flácidas (el pico inferior queda abierto, sin cerrar del todo), casi como un pañuelo anudado. El nudo, siempre simple y fino. Un detalle de moda muy propio de la época: llevarlas notablemente cortas, a veces hasta la mitad del torso, en lugar de llegar justo al inicio del pantalón como manda la «regla» estética.
Pajaritas
Menos habituales, pero también presentes: siempre con nudo fino y hecho a mano (no de las que vienen ya montadas).
Calcetines
Nunca los gruesos de lana que usamos para recrear uniformes de guerra; para un contexto de traje se llevaban calcetines finos de algodón, seda u otra fibra natural, de cualquier color, pero siempre largos, para que no se viera la pierna al sentarse. Un detalle curioso: existían ligueros masculinos, que se sujetaban en la parte alta de la pantorrilla y colgaban para sostener el calcetín (documentados incluso en hallazgos de exhumaciones).
Gafas
El modelo principal es redondo y pequeño —hay que evitar la moda «retro» de gafas grandes de metal que se popularizó en la última década, un anacronismo habitual en recreación—. Pueden ser de metal, de pasta o mixtas. Un detalle técnico interesante: el puente suele ir bajo, casi a la mitad de la montura, porque las almohadillas nasales eran muy poco comunes; el apoyo se hacía directamente sobre el puente, que por eso presenta más curvatura. Las gafas de sol, aunque existían, eran poco habituales —llevar gafas graduadas en general lo era, de hecho, un signo de cierto nivel económico y cultural.
Dónde buscar ropa de época
Algunas pistas prácticas que se comentan en el seminario para quien quiera empezar a montar su vestuario:
- Vinted y plataformas de segunda mano son las fuentes más socorridas, aunque en España hay mucha menos oferta que en Francia, Reino Unido o Estados Unidos, países donde la producción y el consumo de moda a mayor escala (y la costumbre de conservar prendas) dejaron más piezas disponibles.
- Wallapop, con mucha menos oferta de ropa de hombre que de mujer, y Etsy, donde aparecen algunas piezas, aunque también con más oferta femenina.
- Grupos de Facebook especializados en ropa de época, mayoritariamente en inglés.
- Tiendas vintage generalistas: hay que tener cuidado porque muchas no están pensadas para recreadores históricos, sino para el público vintage en general, por lo que mezclan estilos de distintas décadas sin fecharlos con precisión.
- Sastrerías especializadas en los años 30, como la sastrería polaca Blackbird reenactment, que confeccionan a medida camisas spear point en torno a 60 € y trajes completos alrededor de 650 €, con plazos de fabricación de varias semanas a meses.
- Sastres locales, a quienes se les puede encargar piezas concretas si se les proporciona buena documentación de patrones de época.
Trucos económicos para empezar
- Pantalones: comprar una talla notablemente superior a la propia (por ejemplo, una XL si usas M) en modelos de pinzas y ajustarla a la cintura con un sastre; no será perfecto, pero se acerca mucho más a la silueta de época que un pantalón moderno de tu talla.
- Camisas spear point: comprar dos camisas de algodón blancas idénticas y baratas; una para vestir y la otra para usar la tela de su cuello y confeccionar (o mandar confeccionar) el cuello de punta de lanza sobre la primera.
Créditos
Contenido basado en el seminario impartido por David González Palomares sobre moda civil masculina de los años 30 (con especial atención a fotografía de Asturias) para el mundo de la recreación histórica. Esta entrada es una síntesis y adaptación en formato de blog de esa charla; cualquier imprecisión en la transcripción o el resumen es responsabilidad de quien ha editado el texto, no del ponente original.